Tuve un sueño. Estacionaba mi auto sobre la vereda. Era un Mazda. Deportivo. Me bajaba y apretaba los botones del control de la alarma. No podía recordar la combinación para hacer que el auto se transformara en un pequeño rectángulo del tamaño del control. Apretaba todos los botones juntos y el auto pasaba a ser un camión. Luego un tractor, después una gran máquina de alto tonelaje, mezcla entre camión de mina de Chuquicamata, con retroexcavadora. Tenía vida propia. Pero no había cómo hacer que volviera a su forma de origen, ni que se transformara en un pequeño control de alarma, como yo quería. Finalmente, terminaba despedazándose de a poco.
Luego, no sé bien si antes o después, iba yo en el asiento del copiloto, hablando por celular, con unas bolsas grandes, donde llevaba cintas de video y también mi celular, el que iba a cambiar. Antes de llegar al lugar, en un semáforo, cruzaba la calle mi ex. Yo no le prestaba atención, ella no me veía, pero sí saludaba a mi hermano, que manejaba el auto donde íbamos. Pronto llegamos a la tienda, tipo servicio técnico, donde cambiaría mi celular. El lugar era atendido por mi ex suegra. Tuve algunos contratiempos, pero luego accedieron a darme el nuevo celular. Compraba bebidas y creo que nueces, no estoy seguro.
En la misma tienda, a la que entré cargando con las bolsas llenas de cintas de video, se me acercó una niña. Me llevó a hacer un paseo por el lugar. Ella era guía turística. Comenzó mostrándome las murallas, llenas de recortes de diario y revista enmarcados. Era la vida del tenista Marcelo Ríos, desde su niñez hasta que se convirtió en número uno del mundo. Yo ya había visto esas fotos antes. Me asomé hacia una pieza y vi que no había puerta, que su suelo era disparejo y de tierra y que en la muralla sólo había una fila de cerámicas mal puestas. En el piso también. Estaban desniveladas, era realmente un pésimo trabajo.
El recorrido con la niña, una joven muy apuesta, continuó en un salón muy grande. En sus murallas, había gigantografías y pósters con significados indescifrables, pero que por alguna razón yo entendía casi a la perfección. Uno, particularmente, me llamó la atención, porque hablaba del futuro y la tecnología. Ella me mostraba con paciencia el lugar y yo me acercaba hasta tomarle la mano, besarla y sentir que la conocía hace años. Luego le pedí que me hablara de ese mural que tanto atraía mi mirada. No entendí sus palabras. Yo mismo me acerqué a leer su descripción, pero justo dio la hora de cierre y un telón grande lo cubrió. No sacaron del lugar. Nunca supe qué significaba, nunca más vi a la joven guía turística.
Desperté con el ladrido de una perra. Antes de levantarme recordé que no había tomado mi vaso con agua de todas las noches. Ni con él la famosa pildorita...
Etiquetas: Y si fuera cierto...